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Tierras de Tormentas - Stewart Bint

Tierras de Tormentas - Stewart Bint

Traducido por Jennifer Yaeggy

Tierras de Tormentas - Stewart Bint

Extracto del libro

―Hola, cariño.

Las palabras normalmente la llenaban de una sensación cálida y calmada. Fue así desde la primera vez que escuchó y vio a la señora mayor vestida con una falda a cuadros y suéter gris. El rostro amable y lleno de arrugas era casi can conocido como su propio rostro. Ya habían pasado casi 20 años desde que la mujer empezó a aparecérsele, siempre sonriente.

Era una sonrisa conspiratoria.

«Eso es lo bonito de ser un fantasma» Jenny pensó varias veces durante las visitas frecuentes de la viejita. «Ella nunca envejece».

―Hola, señora ―contestó el saludo de la mujer sonriente. Pero esta vez no se sentía tan confiada. Su vida era feliz y completa, entonces, ¿por qué estaba la viejita allí? ¿Habría llegado para prevenirla de algún desastre venidero?

La vida de Jenny había sido tan diferente la primera vez que la vio. Fue solamente seis meses después de que se casara con Malcolm, y ya las cosas habían empezado a ir cuesta abajo.

―Puedes perdonarlo por su amorío ―dijo la viejita―. Nunca más lo volverá a hacer, te lo prometo.

―¿Pero cómo puede estar tan segura? ―preguntó Jenny.

―Simplemente lo estoy. Confía en mí. ―La viejita movió la cabeza suavemente para enfatizar lo dicho y luego lentamente se desvaneció. Jenny se quedó congelada en el mismo sitio. Diez minutos antes estaba pasando la aspiradora agresivamente, jalando y empujándola con fuerza. ¿Cómo pudo Malcolm hacerle eso? ¿Cómo pudo arruinarle la vida así? ¿Acaso no sabía cuánto ella lo amaba? ¿Por qué lo hizo? Y, entre todas las personas del mundo, ¿por qué con ella? Su secretaria, por Dios.

―Hola, cariño. ―Las palabras sonaron justo al lado de su oído, tan calladas pero claramente se escucharon por encima del ruido de la aspiradora y la sorprendieron por completo. Ella estaba sola en la casa. ¿Quién le estaba hablando?

Jenny giró bruscamente y la vio parada a su lado. Una señora de aproximadamente 70 años, su pelo gris peinado hacia atrás en un moño, con una sonrisa dulce en sus labios. Pero no estaba del todo allí. Jenny podía ver el papel tapiz verde con flores de la pared del otro lado del cuarto a través de ella. Jenny tomó una boconada de aire, sorprendida y horrorizada a la vez.

―Hola, cariño ―dijo la viejita nuevamente―. Por favor, no te asustes. Vine para ayudarte.

Pero Jenny estaba petrificada, sin poder moverse ni dar voz a sonido alguno.

―¿Q-quién es? ―dijo eventualmente, su mente un torbellino de caos incapaz de formar un pensamiento racional. Después de todo, ¿qué tenía de racional la presencia de una mujer de 70 años semitransparente, no del todo real, parada, no flotando, en su sala?

―Por favor no te asustes. No te voy a lastimar.

Nunca se quedaba mucho tiempo, apenas un par de segundos, justo lo suficiente para decirle a Jenny lo que necesitaba saber. Siempre la inclinación de su cabeza de manera gentil, la sonrisa amplia haciéndose más grande mientras se desvanecía. Jenny nunca más tuvo miedo de ella luego del primer encuentro.

Fue durante la segunda visita, casi un año después, que la señora le dijo que la considerara como su ángel guardián. ―El camino de tu vida no siempre será fácil y sin tropiezos, mi niña, y aunque estaré aquí para ayudarte, no siempre te puedo decir qué dirección tomar.

―Pero ¿por qué me ayudas así? ¿Quién eres?

La señora ignoró las preguntas. ―Estas preguntándote si deberías tomar el puesto nuevo con Harrison Bonham Asociados o quedarte con Sprackleys y aceptar el ascenso que te están ofreciendo.

Jenny movió la cabeza, asintiendo, pero completamente sorprendida. La viejita le pegó al clavo en la cabeza. Jenny llevaba días agonizando sobre la decisión después de informarle a Helen Sprackley que se iba de la pequeña empresa de consultoría en relaciones públicas para trabajar con una empresa rival mucho más grande.

La contraoferta fue entregada con una rapidez impresionante: un incremento salarial del diez por ciento, además de un auto corporativo, una semana extra de vacaciones y un aumento al aporte para su cuenta de jubilación. Claramente era una oferta que no se podía descartar tan fácilmente. Pero Harrison Bonham Asociados era una empresa de consultoría firme y con una reputación maravillosa. De hecho, era de las mejores en la industria. Con ese nombre en su CV, dentro de un par de años estaría en la cima del mundo de las relaciones públicas. Podría trabajar en cualquier consultora en el mundo como director de la junta, tal vez como gerente general. Pero ¿cómo encajaría con sus planes para iniciar una familia?

Allí fue cuando la señora la visitó por tercera vez, para verla felizmente ocupando el puesto de gerente general en Sprackley. Helen Sprackley tomó la decisión de dedicarse exclusivamente a liderar la junta directiva después de que Jenny decidiera quedarse en la empresa.

―Te estás preguntando si tu carrera se puede balancear con empezar y criar una familia. Bueno, sí se puede. Adelante, querida, puedes empezar tu familia como has querido. Es lo correcto, y si no lo haces, te arrepentirás toda la vida de no haberlo hecho.

Con el excelente salario que recibía en la empresa y Malcolm también ganando más que suficiente como un fotógrafo de modas profesional, ella sabía que fácilmente podían pagar los costos asociados a un bebé. Pero ¿cómo se sentiría cuando el bebé naciera? ¿Querría quedarse en casa tiempo completo para cuidarlo? ¿Cuánta importancia tendría para ella su carrera en ese momento? Ciertamente era muy importante en ese momento, pero ¿sería igual de importante en el futuro? ¿Cambiarían sus prioridades?

Y así fue como sucedió la cuarta visita. ―Es que no sé qué hacer ―comentó Jenny.

―Lo sé, cariño. Lo sé. Es difícil para ti ―dijo la mujer―. Estás preocupada, pensando de que si dejas a tu trabajo, te vas a aburrir en casa, y que Gemma solamente ocupará tu tiempo por unos años. Pero siempre puedes regresar a trabajar después, cuando Gemma sea mayor, ya lista para empezar la escuela. Alguien con tu experiencia siempre encontrará dónde trabajar.

La quinta visita, de hecho, fue cuando Gemma estaba por empezar la escuela. Helen Sprackley le ofreció nuevamente el puesto como gerente general ya que el reemplazo de Jenny dejó la empresa para trabajar con Harrison Bonham Asociados. Cosas de la vida, cómo todo se da en el momento indicado, pensó Jenny.

Sin embargo, ella estaba debatiendo si regresar a la empresa o empezar su propio negocio, trabajando medio tiempo desde la casa para poder estar allí cuando Gemma regresara del colegio, por si se enfermaba, para no dejar de ir a las actividades en la escuela como partidos deportivos o presentaciones. La oferta de la gerencia era muy tentadora, pero era un puesto de tiempo completo. Trabajar desde su casa mantendría su mente ocupada, estaría involucrada con el gremio, y le daría cierta independencia financiera al mismo tiempo que podía dedicarle tiempo a su hija cuando ella la necesitara.

Así fue como Jenny dio a luz nuevamente, aunque no a un bebé, sino a Jennifer Radcliffe Comunicaciones.

―Hola, cariño. ―La mujer se le apareció el primer día de operaciones de su negocio, sonriendo de manera dulce, y le dijo «Has hecho lo correcto» antes de desaparecer. Nunca una de sus apariciones había sido tan breve.

Después de eso las visitas se detuvieron. Los años volaron. Jenny y Malcolm le dieron de todo a Gemma. Cada seis meses, Malcolm le tomaba fotografías profesionales, y la colección creciente catalogaba su vida, desde los momentos después de nacer a su sonrisa contagiosa y primeros paso, al primer día de la escuela con su uniforme de falda gris, blusa blanca, y suéter rojo, su primer día deportivo cuando ganó la carrera de los 50 metros y, por supuesto, todos sus cumpleaños.

Gemma tenía seis años cuando nació su hermano Dominico. Jenny se preguntó si la viejita se aparecería otra vez cuando ella y Malcolm estaban discutiendo si tener otro hijo o no. Ambos sabían que si iban a tener otro hijo tenía que ser ya, antes de que ellos y Gemma fueran más grandes. Después de todo, el reloj biológico de Jenny seguía su conteo. Ella ya tenía 35 y Malcolm 41.

Pero no se apareció. Jenny empezó a preocuparse. Todas las decisiones grandes de su vida fueron influenciadas por la presencia y las palabras reconfortantes de la viejita. Malcolm pensaba que ella era muy buena tomando decisiones, pero ahora se daba cuenta de lo que le estaba costando tomar una decisión.

Sin embargo, él sabía que no la debía presionar. Si le ponía demasiada presión para que decidiera, ella se ponía terca y no le hablaba durante días. Eventualmente sí tomó la decisión, y Dominica fue el resultado.

A lo largo de los años ella quiso contarle a Malcolm acerca de su muy bienvenida visita sobrenatural, su ángel guardián, pero él no creía en fantasmas. Después de todo, se dijo ella misma, era su secreto, un secreto entre ella y la anciana, quienquiera que fuera. Por ende nunca le contó.

A menudo se preguntaba si algún día escucharía esas palabras familiares de nuevo. Habían pasado 20 años desde la primera vez que las escuchó, y 10 años desde la última aparición.

Un escalofría de placer recorrió su espalda cuando se giró de estar frente a la computadora para ver la cara conocida sonriéndole nuevamente.

―Hola, cariño ―respondió, usando el saludo de la anciana, sin poder controlar la sensación de placer intenso que recorrió su cuerpo antes de cambiar a una sensación de duda.

―No te preocupes cariño ―contestó la anciana. Qué extraño. Era como si la anciana estuviera leyendo los pensamientos de Jenny, preguntándose qué nuevo desastre vendría a su vida―. No nos veremos por un largo tiempo, y no quería que me olvidaras. Eso es todo.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. ―Claro que no te olvidaré ―dijo, casi sollozando―. Me has ayudado tanto.

Trasplante - John Reinhard Dizon

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Los Aldeanos (Esqueletos en el armario Libro 1) - A.J. Griffiths-Jones

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