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La Crónica de Chaos

La Crónica de Chaos


Prólogo—Año 135 de la Segunda Era

las hojas doradas hojas crujían a medida que dos figuras caminaban sobre ellas a través de los bosques desiertos en la frontera de Meraxor, el territorio de la Hermandad de las Sombras.
          La figura más pequeña, Vincent Wilder, caminaba por detrás con los brazos cruzados sobre su uniforme, una túnica impoluta de color gris con el símbolo negro de un fénix anidado en llamas. Iba pateando ramas y piedras, intentando controlar los nervios y mantener la compostura que le habían otorgado el papel de líder de su pueblo.

          La figura más grande e imponente que caminaba junto a él no hacía ningún ruido, sus pies amortiguaban silencionsamente el crujiente suelo del bosque. No llevaba más ropas que una capa con una gran capucha que ocultaba la zona donde debía estar su cara.
         La temperatura del bosque era fresca, incluso para una tarde-noche de otoño, y el aire helado iba dejando besos helados en la cara de Vincent. Su compañero, el Bavelize, no sentía el frío; no tenía piel que se le arrugara en el frío aire, y no tenía sangre que coloreara sus mejillas al viento. Las manos de la criatura no estaban hechas de piel o huesos, si no de humo turbulento, que se arremolinaba y ondulaba, dando forma a sus dedos.
        Vincent había salido de la ciudad hacía más o menos una hora, serpentenando a través del espeso y vacío bosque. Cuando estuvo lo suficiente lejos de la civilización como para que le descubriera alguien, llamó al Bavelize. Había salido del éter, como hacía siempre-materializándose de la nada mismo hasta aparecer a su lado. Habían continuado su viaje juntos en silencio, con Vincent rezando para que lo que estaba a punto de hacer no fuera un error catastrófico. El Bavelize se paró de repente en medio del camino de hojas.
     “Aquí,” dijo con su voz etérea y ligera que reverberó en el bosque, saliendo de todas direcciones a la vez.

“¿Aquí? ¿Estás seguro de que éste es el lugar correcto?” Vincent miró a su alrededor buscando alguna señal identificativa, pero esa zona del bosque parecía igual que todas las que habían dejado atrás en la ultima hora.

El Bavelize no contestó. Se giró despacio para mirarle con la ondulante y variante masa de humo que conformaba su cara. Vincent miró rápidamente hacia el suelo. A pesar de que no tenía ojos, el Bavelize le miró fijamente.

“¿Qué vas a hacer ahora?” preguntó Vincent, con voz temblorosa.

La única respuesta del Bavelize fue que comenzó a mover sus manos de humo de atrás hacia adelante, separando los dedos, tocando las cuerdas de una guitarra invisible. Levantó los brazos, alzándolos en el aire y volviéndolos a bajar, barriéndolos hacia un lado y comenzando otra vez. Después de cinco minutos sin éxito ni explicaciones, Vincent empezó a impacientarse.

 “Está claro que este no es el lugar.”

 “Es aquí,” repitió la voz incorpórea. “Aquí es donde la barrera es más débil.”

 “¿Barrera?” preguntó Vincent, pero el Bavelize había vuelto a su movimiento rítmico de manos en el aire. Si hubiera sido cualquier otro, un humano, habría parecido ridículo, pero de alguna forma los etéreos dedos del Bavelize trabajando tan rápido eran inquietantes e intimidantes.

El Bavelize se quedó quieto de pronto, con los hinchados dedos de la mano derecha en alto. Levantó la mano izquierda para unirlas y hacer palanca suavemente con algo en el aire. Con delicados movimientos casi imperceptibles de sus dedos, como separando algo que estaba pegado muy junto. Sus dedos se movían cada vez más y más rápido, en un borrón humeante gris, tirando de los transparentes hilos. Vincent frunció el ceño y se movió para mirar más de cerca.

Apareció una línea, una grieta finísima colgando en medio de la nada. Vincent miraba boquiabierto mientras el Bavelize estiraba y tiraba para ampliar la rendija. Vincent vislumbró algo a través de la grieta. Otro bosque. Los árboles estaban exactamente en el mismo lugar que los árboles del lado de Vincent, pero estaban retorcidos y carbonizados, quemados hasta la raíz hacía mucho tiempo, por el ardiente calor. Ahora no eran más que esqueletos de troncos, los restos de un bosque, un cementerio arbolado.

Vincent miraba fijamente, asombrado, mientras el Bavelize forzaba las costuras entre las dimensiones para desgarrarlas hasta obtener una abertura de tres metros de alto, los bordes hechos jirones revoloteando entre su dimensión y la que quedaba más allá. Una ráfaga de sofocante aire caliente pasó a través de la puerta deshilachada, y Vincent se retiró para evitar que se le chamuscara la piel. Se le atascó el aliento en la garganta cuando una ola de gas sulfúrico se aproximó desde el agujero. Dio un paso hacia atrás y se cubrió la boca con ambas manos, intentando no respirar su horrible peste.

El Bavalize se giró hacia él con el rostro sin rasgos y sin mostrar ninguna expresión. “Debo volver con los soldados, tú debes ganar esta guerra.”

 “¡Espera! ¿Qué es eso?” los ojos de Vincent abiertos como platos de sorpresa y miedo. Sabía que el Bavelize le buscaba soldados, pero no le había preguntado de dónde saldrían. Se le retorció el estómago cuando se atrevió a mirar de nuevo hacia la puerta. Un sofocante calor estallaba al otro lado, y tuvo que mirar a otra parte. En el bosque estaba helando. Este desgarro en la realidad era imposible. Ya se imaginaba la terrorífica respuesta, pero preguntó de todas formas, con el corazón saliéndosele del pecho.

 “¿Qué es este lugar?”

 “Tú lo conoces como el Infierno,” respondió el Bavelize. Y después cruzó la puerta hacia el otro mundo.

 La dimensión era la misma que en el Reino Humano – terreno y características naturales idénticas, formaciones de rocas surgiendo en las mismas zonas, lagos y arroyos fluyendo en la misma dirección. Pero los ríos en el Infierno fluían con fuego líquido, sofocando y abrasando el paisaje estéril.

El agobiante calor no tenía ningún efecto sobre la forma etérea del Bavelize, y paseó por el calor infernal indemne, mientras que los humanos se habrían convertido en ceniza al instante. Caminó a través del bosque quemado y árido hasta que los troncos y ramas quemadas dieron paso a una llanura enorme conocida en el reino Humano como las Tierras Sagradas. Las Tierras Sagradas estaban cubiertas con frondosa hierba en el mundo humano, pero aquí el terreno era polvoriento, y granos de arena roja flotaban alrededor de los pies del Bavelize. Echó un vistazo a lo largo de la tierra y vio rugientes demonios, volando solos o en manadas, con las alas ardiendo en el sofocante aire seco.

Algunos demonios eran inmensos-del tamaño de tres o cuatro humanos medios; algunos eran pequeños y volaban por el cielo como pájaros. Un demonio pequeño y enjuto con dientes que sobresalían por mucho fuera de sus mustias mandíbulas, voló sobrepasando al Bavelize y le miró con sus ojos amarillos y hostiles.

El Bavelize tiró de su capucha hacia atrás y dejó ver su cabeza, el humo turbulento y cambiante, flotando, manteniendo vagamente la figura de una calavera humana. El demonio reconoció la forma sin rostro inmediatamente. Siseó en bajo, y con un gran batir de sus alas curtidas, se marchó a gran velocidad, abalanzándose a través del árido páramo.

El Bavelize vio al demonio desaparecer en el polvoriento horizonte hasta que un graznido maníaco le llamó la atención. El graznido provenía de una criatura inmensa y corpulenta de asombrosos colores brillantes, llamando la atención sobre algunos puntos angulares extraños que emergían de su cuerpo

Se inclinó hasta que sus triangulares ojos escarlata estuvieron al nivel del Bavelize. “¿A qué debemos este placer?” Su voz era melódica, como de canción infantil, con tonos irregulares variando continuamente, como las voces de cientos de personas hablando a la vez.

“Thanatos-confío en que estés protegiendo este reino en mi ausencia.”

Thanatos soltó una profunda y estruendosa carcajada antes de responder con voz de barítono. “Ni un demonio fuera de lugar, Señor.”

“Bien.”

“¿Qué podemos hacer para ayudarte?” Su voz cambió a un lento y largo canto con un tono sarcástico en sus palabras.

“Necesito soldados. Quiero cuatro comandantes para el Reino Humano.”

Thanatos se estiró todo lo impresionantemente alto que era, y su voz adquirió una intensidad firme. “¿Llevarlos al Reino Humano? No puedes. No se les puede sacar del Infierno, sus almas están unidas a la propia estructura de este mundo – tú mismo impusiste esa regla, Señor. Deberías saber que no pueden marcharse.”

“Estoy al tanto,” contestó el Bavelize, “pero impuse esas restricciones para evitar que los de tu clase vagaran libremente por el Reino Humano y mataran gente a su antojo. Ahora elijo romper los lazos de unos cuantos elegidos para que me ayuden en mi empresa.”

La voz de Thanatos volvió a ser aguda y jovial. “No me gusta. Me hiciste guardián del Infierno para cuidar a los de nuestra clase. Sacar a mis demonios de su reino rompe todas y cada una de las reglas de la tierra. Nada bueno puede salir de ello.”

“Esas reglas las hice yo, y por tanto puedo romperlas, Thanatos. Siempre puedo encontrar a otro guardián…”

Thanatos se rió escandalosamente, “Entonces elige a los que quieras, Señor. Estoy seguro que todos los demonios estarán encantados de la oportunidad de llevar el poder del Infierno al Reino Humano.”

El Bavelize no dudó. “Necesito a Phantom, Anubis, Malla y Anathema.”

“¿Anathema?” Thanatos se inclinó de nuevo y susurró conspirador, “¿Estás seguro? Es solo un crío. ¿No sería mejor Fenrir? Es fuerte.”

El Bavelize sacudió su humosa cabeza, dejando un rastro gris en el aire. “Anathema cuenta con el sadismo y la crueldad que necesito para esta misión. La última vez que estuvo en el Reino Humano fue dejando un rastro de sacrificios humanos. Necesito que lo vuelva a hacer.”

La voz de Thanatos cambió a un zumbido gravoso y áspero. “Será bajo tu responsabilidad.” Se alejó del Bavelize y echó mano hacia su espalda, a uno de los pinchos naranjas e inmensos que cubrían su columna. Tirando de su superficie, dejó ver un pequeño instrumento que parecía una corneta. Llevándolo hacia sus labios, sopló en el aparato y un ruido ensordecedor y estridente resonó por todo el Infierno. Cada demonio del reino se quedó helado y se giraron a mirar hacia Thanatos.

Thanatos respiró profundamente y habló, con una voz imposiblemente alta: “Phantom, Anubis, Malla, Anathema – se requiere vuestra presencia.”

Anathema fue el primero en acercarse, con su forma macabra y desgarbada brotando como triturada, alas curtidas que se agitaron en ondas suaves. Planeó justo por encima del suelo con sus garras amarillas afiladas como cuchillas destrozando la polvorienta superficie. Mostraba un reflejo malicioso y maquiavélico en sus estrechos ojos, y palmeó sus dedos juntos con entusiasmo. Cuando aterrizó enfrente del Bavelize sus articulaciones crujieron, haciendo que sus hombros y rodillas despuntaran en ángulos raros. Con una sonrisa divertida y asimétrica, chasqueó los huesos de nuevo hasta colocarlos en su lugar.

Anubis y Malla aparecieron juntos. La suave y suntuosa piel de Malla y sus rasgos oscuros casi humanos le conferían una pinta intensa, y sus ojos penetrantes de águila destellaron mientras sopesaba al Bavelize, preguntándose sus motivos. El enorme cuerpo con forma de lobo de Anubis se movió pesadamente a su lado. Era casi el doble de tamaño que ella, y podría aplastarle el cráneo con uno de sus enormes puños, pero le faltaba la iniciativa de hacer nada que no le hubieran ordenado, y permaneció obedientemente a su lado, sujeto por su poder manipulador.

Hubo una ruido de batir de alas y un golpe de calor cuando Phantom aterrizó justo delante del Bavelize. Su enorme figura cubierta de llamas abrasadoras y sus ojos ardiendo como antorchas. En su enorme y candente mano, sostenía una espada llameante, que goteaba lava líquida. Sus pies cayeron de golpe contra el suelo al lado de Anathema, y pinchó al pequeño demonio con el codo, mandándole al suelo tambaleante. Anathema saltó sobre sus pies con un gran batir de alas y gruñó a Phantom con sus afilados dientes al descubierto, aunque mantuvo las distancias.

El Bavelize les miró, satisfecho con su elección, mientras Thatanos se dirigía a ellos en un susurro.

“El señor os ha llamado. Escuchadle atentamente y obedeced sus reglas,” siseó amenazante.

El Bavelize se deslizó hacia delante. “Os necesito en el Reino Humano.”

Las caras de los cuatro demonios se iluminaron con maliciosa alegría. La gigantesca y amenazante forma de Anubis se estremeció de placer. “¿Vamos a purgar el reino de nuevo, Señor?”

El Bavelize sacudió la cabeza. “Esta vez no, Anubis. Deberéis servir a un humano – un gran líder entre los hombres.”

Los fieros ojos de Phantom brillaron de indignación. “No obedecemos las órdenes de ningún humano”.

“Obedecerás las suyas, o volverás a casa…”

Phantom siseó de furia al lado de Anubis, y le brilló la rebeldía en los ardientes ojos, pero no contestó.

El Bavelize continuó, “Estas son las condiciones: Cuando os dirijáis a los humanos, les hablaréis en su idioma. No deben escuchar el idioma del Infierno – se queda en nuestro reino. Obedecéis al humano, Vincent Wilder. Aceptaréis la apariencia humana que se os diga. Mataréis cuando y a quien Vincent os diga. Si empezáis a desmandaros volveréis aquí. Desobedeced a Vincent y volveréis aquí.” Bavelize se inclinó hacia delante y añadió con un gruñido desconcertante, “Defraudadme, y volveréis aquí.”

El Bavelize se acercó primero a Malla y mantuvo su mano en el aire enfrente de su pecho. Flexionó sus dedos de humo de un lado a otro, tejiendo un diseño intricado ante ella. Manchas negras parpadearon tras sus dedos, trazando un diseño que se fue difuminando gradualmente mientras el aire lo barría. Sus manos se movieron más rápido mientras desgarraba el sello que unía su alma al reino. Con un giro final de muñeca, el diseño que había trazado brilló en un color rojo intenso, luego se rompió en infinidad de piezas y el sello se rompió. Le apareció una pequeña sonrisa en los labios cuando sintió que las restricciones desaparecían.

El Bavelize pasó frente a cada uno de los demonios, realizando el mismo ritual y separando sus almas del acuerdo que les tenía confinados en el Infierno para toda la eternidad. Cuando el Bavelize acabó, dio un paso hacia atrás y miró a cada demonio minuciosamente, midiendo sus fuerzas. Accediendo a las vastas reservas de energía que se arremolinaban dentro de su humeante interior, diseñó disfraces hechos de piel, huesos y órganos humanos.

Mientras creaba un diseño de forma humana para cada demonio, les habló.

“Estos disfraces sintéticos están hechos de tejido humano, y para los humanos de su reino pareceréis exactamente uno de ellos. Pueden repararse fácilmente, y cualquier daño que sufráis bajo forma humana solo será temporal. Son realistas, y los humanos nunca sabrán que están en presencia de un demonio. Sin embargo deberéis ser cuidadosos de no romper la piel de vuestro disfraz. La sangre no fluye a través de esta piel de imitación, solo cenizas. La sangre es un elemento únicamente humano que no puedo replicar. Además, aunque seáis invencibles bajo forma humana, si os salís de él para acceder a vuestra forma demoníaca, y a la fuerza y poder que viene con ella, seréis vulnerables de nuevo.”