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Jedrek y la Princesa Pirata - David Littlewood

Jedrek y la Princesa Pirata - David Littlewood

Traducido por Ainhoa Muñoz

Jedrek y la Princesa Pirata - David Littlewood

Extracto del libro

Hace mucho tiempo, en la lejana tierra de Calvania vivían un herrero y su esposa. Eran gente trabajadora y, a pesar de ser pobres, estaban felices juntos debido al amor que se tenían el uno al otro. Habían sido novios desde que eran niños, desde que tenían uso de razón, de modo que parecía lo más natural del mundo que se casaran tan pronto como tuviesen la edad suficiente para ello.

El herrero, cuyo nombre era Rhydon, se hizo famoso en la región por su habilidad para trabajar con el metal. La gente acudía a su herrería no solo para herrar a sus caballos, sino también para afilar sus cuchillos y arados. De vez en cuando alguno de los aldeanos le pedía que le hicieran un nuevo cuchillo o arado, y entonces Rhydon podía mostrar su verdadero talento y fabricar una maravillosa pieza de hierro.

Así mismo, rara vez, alguno de los nobles que vivían en el castillo que vigilaba la aldea traía alguna pieza para que Rhydon la arreglase. Estos tenían sus propios herreros, pero ninguno de ellos trabajaba el metal como Rhydon. El problema era que los nobles a menudo se olvidaban de pagarle por las labores que hacía para ellos (ya que estaban demasiado ocupados cazando y disparando para preocuparse por esas cosas), de modo que el herrero tenía que trabajar el doble para compensar esto. La hermosa mujer que trabajaba junto a Rhydon se llamaba Clarissa. Todo el mundo decía que ella tenía la sonrisa más maravillosa, la cual podía hacer que una habitación entera se iluminase. Sin embargo, también era cierto que Clarissa guardaba un dolor secreto cerca del corazón, uno que repentinamente provocaría que se le ensombreciera el rostro: no tenía hijos. Sí, años después de haberse casado, su esposo y ella aún no habían concebidoo ningún hijo.

Cuando Clarissa y Rhydon estaban solos, ella solía llorar sobre el hombro de su marido mientras él trataba de consolarla.

-Vamos, querida, ¿no somos lo bastante felices juntos, solo nosotros dos? -decía.

Clarissa reconocía ser muy feliz y tener el mejor marido del mundo, pero eso no evitaba que derramase lágrimas al pensar en el espacio vacío de su casa en el que los niños deberían haber estado jugando. Noche tras noche, ella rezaba al Espíritu Eterno: “Oh, Espíritu Eterno, concede mi deseo y dame un hijo”, suplicaba.

Sin embargo, un día en concreto, las cosas iban a cambiar. Es cierto que aquella jornada había comenzado de forma bastante normal mientras Clarissa barría la herrería como de costumbre. Era primavera, y los rayos de sol entraban por la ventana y bailaban sobre las ollas y las cacerolas de peltre que Rhydon había estado fabricando. Clarissa esperaba encontrar pronto compradores para estos objetos, ya que la comida que habría sobre la mesa la próxima semana dependía de ello.

Sin embargo, mientras Clarissa barría y cantaba para sí misma, se percató de otro sonido más. Esta se detuvo a escucharlo; no era el sonido de los pájaros. No, este era mucho más estridente. Fue hacia la puerta, la abrió y notó que el sonido provenía de detrás de un grupo de arbustos que estaba a unos 20 metros de la herrería. Era un llanto, un llanto como el que le hubiese gustado escuchar en su propia casa: de un niño. De hecho, se parecía mucho al llanto de un bebé. Ardiendo de curiosidad, Clarissa soltó la escoba y se fue hacia el grupo de arbustos. El llanto se volvió más intenso para sus oídos. Esta miró detrás del arbusto y allí, tendido sobre el suelo duro, estaba el cuerpo de un pequeño bebé. Al acercarse, observó que el bebé estaba envuelto en un mantón de lana blanca. Aquello no sería nada raro, si no fuese por el hecho de que el mantón estaba tan bien hecho que era evidente que había pertenecido a algún miembro de la nobleza antes que a un plebeyo.

-Esto es muy extraño -dijo Clarissa mirando al bebé, quien no parecía mirarla, ya que en ese momento estaba más concentrado en llorar lo bastante para hacer estallar sus pulmones-. No llores, no llores pequeño -Clarissa tomó al bebé en brazos, con los instintos maternales a flor de piel. Mientras ella lo mecía, el llanto del bebé fue disminuyendo poco a poco hasta que este se quedó tranquilo y miró a Clarissa con sus enormes ojos azules. Ella pronto se dio cuenta de que el bebé era un niño. ¿Pero de quién era? Miró a su alrededor para ver si allí había alguien que pudiese haber dejado al niño, pero no vio a nadie. Evidentemente la persona que hubiese dejado al niño en el suelo se habría escabullido sin que nadie se diera cuenta. ¿Pero por qué dejaría alguien a un bebé en el suelo?

Clarissa miró a su alrededor en busca de pistas, pero todo lo que encontró fue algo envuelto en un trozo de tela áspera cerca de donde estaba el bebé. Se agachó y recogió ese objeto. Fuese lo que fuese, parecía algo duro y bastante pesado, como si estuviese hecho de metal. Es más, parecía haber más de un trozo. Con el bebé acurrucado en sus brazos, Clarissa no tuvo ocasión de examinar aquel objeto, de modo que lo recogió, con cierta dificultad, y se llevó este y también al bebé, que ahora solo gemía en vez de llorar, de vuelta a su casa en la herrería.

La Espada

-¿Qué demonios llevas ahí? -fue todo lo que su marido pudo decir cuando Clarissa entró en la herrería con el bebé-. ¿De quién es ese bebé?

Clarissa le contó cómo había encontrado al bebé unos minutos antes. Su marido parecía desconcertado.

-Pero la gente no deja a los bebés tirados por ahí, ¿no? -preguntó, incrédulo.

-No, claro que no -dijo ella-. Pero él estaba allí, en el suelo, cuando lo encontré -dejó el bulto pesado sobre la mesa-. Apareció junto a este objeto.

-¿Qué es eso? -dijo Rhydon mientras desenvolvía aquel paquete-. ¡Es una espada! -exclamó-. Hecha pedazos.

Clarissa miró lo que había sobre la mesa. Se trataba de una espada rota en cuatro trozos. Rhydon los juntó y vio que estos brillaban bajo el sol de la mañana que entraba por la ventana.

-Hay algo escrito en la hoja de la espada -dijo Rhydon-. ¿Qué pone? -él era un simple herrero y nunca había aprendido a leer, pero sabía que su esposa llegaba a dominar al menos los conceptos básicos de lectura y escritura.

Todavía con el bebé en brazos, Clarissa leyó las letras grabadas en el metal de la espada- N-E-E-R-W-A-N-A. ¡Neerwana! -exclamó-. ¿Qué significa eso?

-Ni idea -dijo Rhydon-. ¿Será algún idioma antiguo? Es todo muy extraño -se rascó la cabeza con su mano, desgastada por el trabajo-. La espada rota parece haber venido con el bebé. Y también este nombre inscrito en ella. ¿Por qué?

En ese momento, ambos se distrajeron de sus pensamientos ya que el susodicho bebé abrió la boca y berreó con fuerza.

-Tiene hambre -dijo Clarissa. Había un poco de leche cerca, de modo que la llevó a los labios del bebé y, tras algunos intentos, para alivio suyo, este comenzó a mamar la leche. Parecía tener unos seis meses de edad, según sus cálculos.

-Así, así, pequeño -dijo-. Te cuidaremos si nadie más lo hace.

Rhydon escuchó lo que decía.

-Seguramente el niño sea de alguien. Tendremos que preguntar por su padre y su madre -dijo este.

-Y, si no los encontramos, nos quedamos con él -dijo Clarissa mirando al bebé, que se alimentaba feliz-. Es un regalo del Espíritu Eterno en respuesta a mis súplicas.

Mientras decía aquello, Clarissa de pronto levantó la vista y allí, en la esquina de la habitación, apareció un anciano. Esta se sobresaltó, preguntándose como había llegado ese señor hasta ahí pasando desapercibido, pero antes de que ella pudiese hablar, él tomó la palabra.

-Te han encomendado cuidar a este niño durante un tiempo. Un día se alejará de ti y conseguirá grandes cosas. Hasta entonces, deberás cumplir con la encomienda que te ha hecho el Espíritu Eterno.

Clarissa abrió la boca para responder, pero el anciano ya había desaparecido. Miró a su alrededor y lo vio en el otro lado de la habitación. ¿Cómo pudo llegar hasta ahí? Este volvió a hablar.

-Le llamarás Jedrek -dijo.

-¿Jedrek? ¿Por qué? -preguntó Clarissa, totalmente confusa en ese momento. Pero el anciano volvió a desaparecer.

-¿Qué significa? -murmuró.

-Significa “Fuerte” -dijo una voz detrás de ella. Clarissa se sobresaltó cuando se dio la vuelta y vio al anciano otra vez-. Pero lo sabrás todo a su tiempo. ¡Hasta entonces, sé leal a tu cometido!

Clarissa iba a hablar de nuevo, pero el anciano se había ido.

-¿Con quién estabas hablando? -preguntó Rhydon, que había salido un momento a buscar madera.

-No te lo vas a creer -dijo su esposa. Le contó lo que acababa de ocurrir con el anciano y lo que este le había dicho.

-¿Estás segura de que no te lo estabas imaginando? -dijo Rhydon, dudoso.

-Sabía que no me creerías -indicó Clarissa, enfadada.

-Sí te creo, pero todo esto es muy extraño -dijo Rhydon. Entonces, le cambió la cara de repente mientras miraba la pared que había detrás de su esposa-. ¡Mira ahí! -gritó.

Clarissa se dio la vuelta, y ahí estaba aquel hombre mayor; el mismo que había visto antes. La luz de la ventana caía sobre él, haciéndolo brillar con un resplandor sobrenatural.

-¿Quién eres tú? -preguntó Rhydon.

-Eso no tienes que saberlo por ahora -dijo el anciano-. Pero sí debes saber que ese niño os ha sido encomendado por el Espíritu Eterno. ¡Criadlo bien!

-¿Pero por qué a nosotros? -dijo Rhydon, totalmente perplejo-. ¿Y qué me dices de la espada rota que se encontraba junto a él?

-Eres un herrero -respondió el anciano-. El chico aprenderá tu oficio y un día forjará el arma cazadora de dragones.

-¿Forjar la espada? ¡Eso podría hacerlo yo mismo! -se quejó Rhydon.

-La espada mostrará resistencia a todo el mundo, excepto a quien sea el elegido para empuñarla -dijo el anciano con una sonrisa.

-¿Por qué?-preguntó el herrero.

-Por el poder que esta alberga en su interior -contestó el anciano. Este los miró como si pudiese ver a través de ellos-. Tenéis buen corazón. ¡Ahora confiad y que os vaya bien!

-Espera un minuto -gritó Rhydon-. ¿De dónde viene el niño? -pero se encontró hablando con la pared. El anciano había desaparecido.

El herrero se dio la vuelta, perplejo y frustrado.

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