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Parque Fantasmal (Archivos de Monstruos Libro 3) - A.E. Stanfill

Parque Fantasmal (Archivos de Monstruos Libro 3) - A.E. Stanfill

Traducido por Anabella Campos

Parque Fantasmal (Archivos de Monstruos Libro 3) - A.E. Stanfill

Extracto del libro

Miller tiene noticias

El verano se acercaba más rápido de lo habitual ese año. Y Miller estaba ansioso por compartir algunas noticias con Smith. Cada dos años sus padres le permitían ir a un campamento de verano. La mayoría de los niños odiaban ir, pero él lo disfrutaba. Estaba tan emocionado que ya tenía sus cosas empacadas tres días antes.

Cuando Smith llegó a la casa del árbol, Miller se apresuró a darle la noticia. Ella parecía estar feliz por él. Aunque con ella nunca se sabía lo que realmente sentía. Sin embargo, no estaba precisamente contenta de tener que dirigir Archivos de monstruos ella sola.

—¿Cuándo te vas? —preguntó Smith.

—Mañana por la mañana —respondió—. Y cuento contigo para mantener todo en orden.

—Pero ya sabes lo que pienso acerca de esos supuestos monstruos —replicó ella.

—Lo sé —sonrió él con satisfacción—. Por eso eres la única en quien confío.

—Haré lo mejor posible —le aseguró Smith—. Diviértete y ten cuidado en el campamento.

El día siguiente comenzó un poco lento para Smith, debido a que no hubo nadie que fuera a hablarle sobre monstruos ni sobre cualquier otra cosa. Pero sí hubo un cambio en su vida: decidió unirse al equipo de atletismo, que al menos la mantendría ocupada. No era algo que se hubiera imaginado hacer, sin embargo, era divertido.

Aquella noche decidió salir a correr luego de haber obtenido la aprobación de sus padres. Recorrió el barrio y la mayor parte de la ciudad antes de dirigirse al parque. El sol se estaba poniendo y el olor a hierba fresca y flores llenaba el aire. Disfrutó del trote mucho más de lo que había pensado. Eso fue hasta que el cielo empezó a oscurecerse más. Y cuanto más se adentraba en el parque, más juraba que podía sentir que alguien o algo la observaba.

«Solo estoy siendo paranoica», se dijo a sí misma. Hasta que comenzó a ver sombras detrás de los árboles. Aun así siguió afirmando que era paranoia y continuó trotando más hacia el interior del parque. Se detuvo y bebió un largo sorbo de su botella de agua. Volvió a enganchar la botella en el lateral de su pantalón y realizó unos cuantos estiramientos. Cuando miró hacia atrás, vio a alguien de pie en la distancia.

—¿Quién es? —gritó. Quienquiera que fuera permaneció allí—. ¿Quién está ahí? —volvió a gritar.

Smith se acercó hacia donde estaba la sombra. A medida que ella se acercaba, la persona se alejaba del camino y se adentraba más en la zona arbolada. Quería seguir a quienquiera que fuera, pero decidió que sería una mala decisión. Formar parte de los Archivos de monstruos le había enseñado que no todo era lo que parecía.

Luego de haber permanecido allí unos instantes más, continuó con su trote. Lo que resultaba espeluznante era el hecho de que podía oír a alguien trotando a su lado. Varios minutos más tarde le lanzaron una pequeña piedra, que golpeó a Smith en el brazo. Se detuvo y miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Fue entonces cuando oyó una voz que intentaba llamar su atención.

—Si quieres que hable, sal a la luz para que pueda verte —exigió Smith.

Un joven salió de la oscuridad y se detuvo bajo la luz de la calle. Tenía el pelo castaño y llevaba unos vaqueros rotos y una camiseta blanca, que estaba sucia. Quizá ese era el estilo de los chicos jóvenes de aquella época.

—¿Eres tú el que me sigue? —preguntó Smith.

—Sí y no —respondió.

—¿Qué significa eso? —gruñó ella.

—Significa que no soy el único que te sigue —contestó el joven.

—¿Quién más? Solo te veo a ti.

—Los fantasmas que están aquí afuera.

—¿Fantasmas? —rio Smith—. Esa es buena. ¿Cuál es tu nombre?

—Charlie —respondió con una sonrisa—. ¿Y el tuyo?

—Diane Smith. Encantada de conocerte, Charlie. Pero ¿por qué me sigues?

—Intento asustarte lo suficiente como para que te vayas de este parque.

—¿Por qué harías eso?

—Porque quieren llevarte con ellos.

—¿Quiénes?

—Los fantasmas.

—¿Todavía estás obsesionado con ese asunto de los fantasmas?

—Solo trato de advertirte. No quiero que acabes como los otros.

—¿Qué otros? —preguntó Smith.

—Los que ya se llevaron —contestó Charlie.

Un ruido llamó la atención de Smith y se dio vuelta por un momento. Cuando volvió a mirar a Charlie, este ya no estaba. Smith miró a su alrededor, pero era como si se hubiera desvanecido en el aire. Se encogió de hombros y volvió a trotar. Supuso que debía de ser una especie de broma que le estaban gastando.

Sin embargo, seguía sin poder quitarse de encima la sensación de que la estaban siguiendo, por lo que decidió que era hora de abandonar el parque y de dirigirse a casa. Mientras se acercaba a la salida, dos de sus compañeras de equipo saltaron delante de ella esperando asustarla.

Smith no parecía contenta, y de seguro no estaba asustada. «¿En serio?», gruñó. Eran Rachel y Mary, las bromistas del equipo de atletismo. Y a las que algunos incluso llamarían bravuconas. Smith no las consideraba realmente sus amigas. Pero, por alguna extraña razón, ambas parecían acudir a ella.

—Solo nos estábamos divirtiendo —dijo Rachel—. No te enfades.

—Sí, no te enfades —añadió Mary—. Pensamos que sería divertido intentar asustarte.

—¿No saben lo peligroso que puede ser eso? —respondió Smith—. Está oscuro aquí; podría haberme lastimado o podría haber lastimado a una de ustedes.

Rachel puso los ojos en blanco.

—Caramba. Suenas como mis padres —protestó.

—Como sea —respondió Smith antes de abrirse camino entre ellas y dejarlas atrás en el parque.

—Creo que la hemos molestado. —Mary frunció el ceño.

—¿A quién le importa? —Rachel sonrió—. Simplemente no quiso admitir que la hemos asustado. Además, se le pasará.

—Seguro. —Mary rio nerviosamente. Empezaba a tener una sensación de incomodidad estando en el parque. Casi como si estuvieran siendo observadas por alguna fuerza invisible.

—¿Estás bien? —preguntó Rachel.

—No. No me gusta estar aquí afuera.

—Oh, vamos —se rio Rachel—. Llevamos años viniendo aquí.

—Lo sé. Pero esta vez hay algo diferente —señaló Mary. Era evidente, por la expresión de su rostro, que estaba un poco asustada.

—Vámonos, gallina —sonrió Rachel burlonamente. No estaba dispuesta a admitir que ella también se sentía un poco asustada.

Las dos chicas se dieron la vuelta para marcharse, y al salir, oyeron voces que provenían de detrás de ellas. Rachel se detuvo y gritó a Diane que dejara de jugar con ellas. Sabía con certeza que Smith estaba intentando vengarse.

Mary quería salir de allí e insistía en que Diane ya se había ido. Pero Rachel no la escuchaba. A pesar de las advertencias de Mary, bajó de la acera y se acercó a la zona arbolada del parque. De la nada, algo se extendió y tiró de Rachel hacia el bosque.

Smith quiere saber quién es Charlie

Smith estaba sentada en su pequeño escritorio en la casa del árbol. Estaba revisando algunos de sus archivos personales. Y de tanto en tanto miraba el escritorio vacío de Miller. Lo echaba de menos más de lo que creyó que lo haría, y no veía la hora de que su amigo volviera.

Tras unos minutos más de revisar los archivos, su mente empezó a divagar. Empezó a pensar en aquel chico, Charlie, preguntándose por qué estaba en el parque y tratando de entender a qué se había referido cuando había dicho que la protegía para que no acabara como los demás. También quería saber acerca de aquellos de quienes le había dicho que habían sido llevados.

Tal vez había llegado el momento de que investigara un poco. Pero para eso tendría que esperar. Todavía tenía que practicar footing y atletismo durante el día. Su madre le había dicho que, si se apuntaba, tendría que dar lo mejor de sí misma.

Smith terminó el entrenamiento de atletismo, pero le pareció extraño que Rachel y Mary no estuvieran allí. El atletismo era su vida y nunca habían faltado a un entrenamiento. Cuando preguntó por ellas, ninguna de las otras chicas sabía dónde estaban. Se encontraban tan confundidas como ella. Aunque era agradable que no la siguieran a todas partes, no podía quitarse la sensación de que algo iba mal.

Smith estaba de camino a casa y, como siempre, iba en bicicleta por la ciudad. Se detuvo a comprar una bebida en la heladería. Fue entonces cuando se fijó en los folletos que había en el escaparate. Mostraban fotos de niños desaparecidos, algunos que ella conocía y otros que no.

Los que conocía eran algo problemáticos. Pero no creía que se fueran a escapar de casa. Y los otros eran alumnos sobresalientes, que provenían de buenas familias. Eso le hizo preguntarse qué podría haberles pasado.

También le hizo preguntarse si eso tenía algo que ver con lo que Charlie había dicho acerca de que no quería que ella acabara como los demás. Tal vez esa misma tarde volvería a correr por el parque. Y, si tenía suerte, se encontraría con Charlie por segunda vez.

Antes de que pudiera volver a la bicicleta, el teléfono en su bolsillo empezó a sonar.

«¿Hola?», respondió. Era Miller el que llamaba para saber cómo estaba. Smith dejó que le contara cómo iban las cosas en el campamento. Cuando concluyó, ella le contó sobre lo que estaba sucediendo allí.

Miller parecía emocionado y algo decepcionado por no estar ahí. Sin embargo, le dio algunos consejos sobre cómo manejar la situación. Cuando concluyó la llamada, Smith volvió a subir a su bicicleta y se dirigió a casa.

Se lavó para cenar. Cuando terminó de comer, se levantó de la mesa y explicó que debía prepararse para salir a correr.

A sus padres no les molestaba; ellos eran quienes la impulsaban a dar lo mejor de sí misma. Normalmente, hubiera empezado a correr por el barrio antes de dirigirse al parque, pero esa vez decidió que sería mejor ir allí primero.

Trotó por el parque de la misma manera que la última vez, esperando que Charlie apareciera. Durante mucho tiempo, no pasó nada. Hasta que el sol empezó a ponerse, ni siquiera sintió que la seguían. El resplandor anaranjado de los rayos de luz hacía que la zona boscosa pareciera un poco espeluznante.

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